UNA REPUBLICA COLONIAL / Cap. V

Name: Una Rep. Colonial, V

Tuesday, March 21, 2006


UNA REPUBLICA COLONIAL
Aperturas, cambios y adecuaciones

Formalmente no existe un sistema “colonial republicano”; pero,
¿cómo llamar al sistema cuyo influjo colonial aún gravita en las
estructuras de su presente condición de República?


“Los valores, elementos y patrones de la cultura tradicional mayoritaria condicionan la conducta de los segmentos poblacionales minoritarios inmersos en la cultura tradicional” .
Jorge Cela; Sacerdote jesuita.


Pedro Samuel Rodríguez


Capítulo V

LA SOLEDAD DE LA CLASE MEDIA
EN SOCIEDADES COMO LA DOMINICANA.


Antes de abordar el tema principal del presente capítulo creemos necesario dedicar los primeros párrafos a la exposición de algunas consideraciones generales.

Entendemos que a diferencia de la clase pobre mayoritaria y a diferencia del grupo minoritario de poder económico, la clase media dominicana es el segmento social menos directamente impactado por influencias provenientes del pasado y en el que más satisfactoriamente se han atenuado los factores que marcaron el origen contrastante de nuestra sociedad.

En general, el proceso de formación de las clases sociales dominicanas no parece que haya sido lo suficientemente estudiado ni definido. No hay dudas de que en la colonia existieron sectores sociales minoritarios altos; una franja social intermedia, y un conglomerado mayoritario bajo; cada uno con su respectivo “instinto de clase”. Pero, no es claro cómo ha sido ese proceso.

Sin embargo, observando algunos acontecimientos históricos que determinaron el inicio de rupturas con el ordenamiento político colonial, podríamos orientarnos respecto a momentos de transiciones que marcarían el origen de importantes cambios sociales posteriores. Tales acontecimientos propiciarían, por una parte, el inicio de la conformación del campesinado dominicano y, por la otra, la posible génesis de una clase media postcolonial.

Estos eventos de transiciones y rupturas empezaron a ocurrir a partir de finales del siglo XVIII con la pérdida de poder económico de los hateros de Santo Domingo, debido, entre otras causas, a la merma del comercio de ganado con la vecina colonia de Saint-Domingue a raíz de la revuelta de los esclavos de aquella colonia en 1791, y debido, además, a la escasez de la fuerza de trabajo esclava a causa del gran número de esclavos que habían obtenido su libertad mediante manumisión, es decir, mediante la compra de libertad a los amos.

Estos hechos propiciarían la conformación de un sustrato social con nuevas variables al incorporar una importante cantidad de esos libertos que a partir de entonces pudieron dedicarse a labores productivas independientes.

Estos eventos coincidieron, además, con la firma del Tratado de Basilea en 1795 que dio inicio al éxodo hacia el exterior de una cantidad significativa de familias que habían concentrado el poder económico y social a lo largo de la Era colonial. Todos estos eventos ocurrían en el mismo período en que se iniciaron los procesos que pusieron término a la administración colonial de España en Santo Domingo. En estos tiempos la colonia de Santo Domingo se desmoronaba irremediablemente después de tres siglos de existencia.

A partir de allí, y como secuela de ese proceso de transiciones, pudo haberse iniciado la conformación de un nuevo y minoritario sustrato social medio en cuyo proceso participarían personas provenientes del escaso sector urbano y del segmento de los libres (libres viejos), y, posteriormente, algunos individuos llegados desde el exterior a partir de mediados del siglo XIX (1). Adicionalmente, debemos mencionar el sector de los inmigrantes canarios, el que a partir de su llegada a finales del siglo XVII participaría en la forja de un sustrato social de clase media de tradición anterior.

En cuanto a la conformación del conglomerado social mayoritario-pobre, éste luce provenir de una definida tradición de tensiones históricas de muy antigua data cuyo principal punto de partida no pudo ser otro sino el sistema esclavista ejercido a lo largo de varios siglos de administración colonial.

Partiendo de estos tiempos de transiciones y rupturas de finales del siglo XVIII, podríamos decir, en forma general y esquemática, que el proceso de la conformación de nuestra clase social mayoritaria fue definiéndose mediante la vida autónoma de aquellos libertos y su inmediato y voluntario aislamiento en el interior de la zona rural. Esta decisión de asentarse en zonas aisladas la tomarían bajo la consideración de que tal aislamiento les garantizaba el pleno disfrute de su condición de libertos (libres nuevos).

Entretanto, ese aislamiento fue perfilando el origen del campesinado dominicano (2) definido posteriormente como conglomerado social mayoritario.

Luego de asentados en la zona rural, estos libertos convertidos en campesinos concluirían, muy posteriormente, un proceso de proletarización mediante su éxodo masivo desde las zonas rurales hacia los centros urbanos, cuyo desplazamiento humano ocurrió con énfasis en las cuatro últimas décadas del siglo XX.

Es decir, aquellos libertos quienes doscientos años antes tomaban la decisión de internarse en la zona rural formando desde entonces el campesinado dominicano, hacen su aparición en el ámbito urbano por vez primera, dando paso a la incorporación de la clase social mayoritaria y su correspondiente cultura tradicional en el ámbito citadino.

Así, de forma casi repentina se encontraron el concepto rural y el concepto urbano.

Si quisiéramos resumir el proceso de la conformación de las clases sociales mayoritarias dominicanas, podríamos describir su periplo de la siguiente manera: de esclavos a libertos; de libertos a campesinos; de campesinos a ciudadanos pobres y mayoritarios. La excepción en el orden de estos tránsitos se dio en la zona del Cibao en donde el grueso del campesinado se formó a partir de individuos libres (libres viejos).

Curiosamente, este proceso de éxodo podría señalarse como nuestra segunda gran diáspora intra-territorial, después de las forzadas Devastaciones de 1605-1606, ocurriendo ambos desplazamientos humanos con intervalos de aproximadamente doscientos años.

La extensa tradición de las redes de vínculos primarios ejercidas por aquel campesinado dominicano en el transcurso de su dilatado aislamiento en la zona rural, tales como la institución del compadrazgo, el Convite –“asociado como visión de trabajo, ocio y diversión”-, y otras manifestaciones de reciprocidad, cohesión y solidaridad social, determinaron que ese segmento social mayoritario posea unas experiencias históricas de mayor arraigo que cualquier otra de las dos clases sociales restantes.

Por otra parte, y concluyendo estas notas introductorias, hay autores que ubican la aparición de la diferenciación de las clases sociales en República Dominicana a partir de una época tan relativamente reciente como la de la Ocupación Militar Norteamericana de 1916-1924.

En un escrito de 1945, el dominicano Ramón Marrero Aristi consigna lo siguiente: “Hasta 1916, en nuestro país no había existido una separación de clases propiamente dicha. Todos éramos en el fondo campesinos: el señor de la ciudad, el general, el intelectual, tenían detrás el conuco o el potrero. Todos estábamos ligados al campo en una forma u otra. Las banderías políticas, sin fondo ideológico, no habían afectado en lo más mínimo ese estado general... Cuando se fomentó esa formidable burocracia (por las fuerzas de ocupación) como no se había conocido hasta entonces... se acentúa la división de nuestra sociedad para formar un mosaico de diversos matices como antes no existiera”. (3).

Este informe nos ofrece una idea adicional acerca de, por una parte, la escasa tradición cultural que podría hoy exhibir una clase o grupo social de origen diferente al campesinado, y, por la otra parte, el grado de poder y vitalidad que aún hoy ejercen la cultura tradicional, las visiones y las estructuras del pasado.


- Propósitos y alcances:

En el desarrollo del presente capítulo, sin embargo, nos alejamos de todo intento de abordar el estudio minucioso de la tradición histórica de los diversos segmentos sociales de la República Dominicana; de todo criterio económico y de todo lo relativo a luchas de clases.

Tampoco tratamos sobre las diversas denominaciones con que se identifica a la clase media, sea “pequeño burgués”, “cuello blanco”, “técnicos de servicio”, “pobreza encubierta” –como se denomina en algunos países debido al abandono económico por parte del Estado-, ni haremos un enfoque funcionalista ni simbólico sobre renta, educación, ocupación, estatuto económico, tradición, cultura o ética de la clase media.

Independientemente de los conocidos parámetros con que se coloca a los individuos en una franja social determinada, y sustrayéndonos de los resultados de algún análisis paradigmático fenomenológico o crítico, preferimos, en cambio, examinar unos elementales aspectos a los que posiblemente se les ha prestado poca atención.

Se trata de que, en cualquier sociedad-nación, la proporción numérica del grupo social al que pertenece un individuo otorga a ese individuo el disfrute de ciertos valores o determina en él el afrontamiento de ciertos malestares.

Las reflexiones del presente capítulo tienen como trasfondo dos premisas ya esbozadas en la introducción. La primera se refiere a que en la nación dominicana actual, el segmento social de las clases desposeídas, además de ser el numéricamente mayoritario es, a la vez, el poseedor de la mayor tradición cultural. La segunda premisa está referida a que las clases medias dominicanas son un segmento social numéricamente minoritario y no son, necesariamente, el grupo social con mayor raigambre cultural.


- Percepciones de malestar o de bienestar:

Empecemos examinando, por una parte, las causas que de forma casi imperceptible producen sensaciones de malestar en los individuos pertenecientes al colectivo social minoritario de una determinada sociedad-nación, y, por la otra parte, respecto de las causas que confieren valores y sensaciones de bienestar a quienes pertenecen al grupo social mayoritario, cualquiera sea éste.

Entendemos que el hecho de pertenecer al grupo social mayoritario de una nación, cuya mayoría es, en definitiva, la base, el canon y la norma de la cultura gestada por esa sociedad en el decurso de su historia, otorga al individuo la seguridad y el soporte psicológico que confiere toda mayoría.

Se trata, pues, de la investidura, la seguridad y la “gracia” conferidas a los individuos de la clase media cuando éstos son ciudadanos de una sociedad-nación de clases medias mayoritarias. Asimismo, se trata del soporte psicológico y la “gracia” de que se sienten investidos los individuos de las clases desposeídas cuando pertenecen a una sociedad-nación de clases desposeídas mayoritarias.

Es decir que, en general e indistintamente, los individuos que pertenecen a la clase mayoritaria, sea ésta media o baja, en la sociedad de la que forman parte, disfrutan en forma exclusiva de una grata, inapreciable, sutil e íntima sensación de saberse aceptados e integrados a lo mayoritario; de percibirse parte consustancial y auténtica de ese trasfondo cultural común; de sentirse cómplices y partícipes de lo general, lo múltiple y plural de su pueblo. Estos individuos viven tan estrechamente integrados a esa suerte de status gratiae que ello podría, a veces, resultarles un natural e inconsciente regalo.

Por otra parte, el hecho de pertenecer al grupo social minoritario, sea éste medio o bajo, genera en el individuo sensaciones de aislamiento, soledad, exclusión y desautorizaciones. Estos representan una categoría de personas colocadas fuera de esa “gracia plural” que sólo lo mayoritario puede conferir.

En sociedades como la dominicana en donde el colectivo social mayoritario corresponde a las clases desposeídas, son éstos quienes están investidos con los intransferibles beneficios de ese particular “estado de gracia”, mientras que los individuos pertenecientes a las minoritarias clases medias y altas quizás apenas imaginan el significado real de tales sensaciones, y solo pueden conformarse con alimentar en su interior la utópica aspiración de algún día pertenecer, en su propia tierra, a una sociedad en la que ellos también reciban esa general y solidaria complicidad que apenas habrían percibido alguna vez en su niñez.

Para este individuo de clase media minoritaria, su aspiración es perennemente inalcanzable, y, en adición, está en constante colisión frente al conglomerado mayoritario-pobre, al que percibe en ocasiones, como un vigoroso grupo plenamente confiado en sí mismo; culturalmente auténtico, tradicional y rico; avasallante, adverso, intimidante, inocente, obcecado y feliz, al cual no pertenece ni en él es aceptado ni a él puede adaptarse.

Poetas, literatos y artistas de estas clases minoritarias expresan a menudo en sus obras ese inconsciente deseo de vedada plenitud:

- ...Cuando la lámpara se enciende tras cristales empañados
les envidio su felicidad que no debo compartir:
la tarde patriarcal
con olor a fogón
a ropa de niños
a modestia.

El hombre de la chaqueta azul.
Gunther Eich.


- Quiero imitar al pueblo en el vestido
en las costumbres sólo a los mejores
sin presumir de roto y mal ceñido

Una mediana vida yo posea
un estilo común y moderado
que no lo note nadie que lo vea.

Epístola moral.


Estos dos fragmentos poéticos de fuerte contenido lírico-social, escritos por sendos poetas pertenecientes a clases minoritarias, reflejan y confirman la soledad y el deseo de pluralidad de esas clases sociales. Ellos se expresan por sí mismos.


Adicionales implicaciones:

Coexisten otras implicaciones en estos análisis. Se trata de la existencia de una suerte de sistema de respuestas defensivas de la cultura amenazada. Si alguien es parte de un universo social consustanciado con lo general y mayoritario, con lo normativo y plural, a este individuo le sería doloroso concebirse desplazado a un sistema de minorías, expuesto a exclusiones y descalificaciones. Si percibe el peligro de ser desplazado, su argumento defensivo sería: “ tal como soy, soy como la mayoría y quien no es como nosotros podría atentar contra nuestro sistema general y común de valores el cual es el normativo, el tradicional y válido. Somos el país, debemos fortalecernos y estar alertas para evitar que se nos desplace”.

Este argumento defensivo es válido y auténtico para una clase social como para la otra. Dependerá de cuál sea la clase social mayoritaria en una nación determinada. Se trata, en ambos casos, de la “defensa de una cultura amenazada”.

Así, en una sociedad-nación cuyo conglomerado mayoritario sea la clase media (España, Estados Unidos, Francia... en donde “media” equivale a “mayoritario”), este conglomerado mayoritario de clase media, tratará de fortalecerse y buscará cómo defenderse frente a posibles agresores, esto es, frente a intentos de un crecimiento vegetativo o por vía de la inmigración de aquellas minoritarias clases depauperadas e ignorantes nacionales o extranjeras; respondiendo con la actualización, la adecuación y el endurecimiento del marco legal migratorio; reaccionando con efectivos programas de desarrollo económico; con auténticas y eficientes campañas de apuntalamiento al sistema educativo. Muy probablemente la implementación de esos programas encontraría una amplia y positiva respuesta en ese conglomerado social mayoritario de clase media amenazado.

En el otro escenario, es decir, en una sociedad-nación donde el conglomerado mayoritario pertenezca a la clase pobre, sería esa clase pobre la que tendría sus respuestas defensivas particulares.

En ambos casos, el poder de la mayoría termina entronizando, trazando y normando mediante su propia visión, la cultura, la política, el concepto de progreso, y la naturaleza de las instituciones de la nación. El país en donde se establece una determinada clase mayoritaria -sea la clase media o sea la clase desposeída- lo hace con fuerza y determinación. Esta mayoría no dirige necesariamente los poderes fácticos pero su condición de conglomerado mayoritario lo influye todo. Su resistencia a ser desplazada es formidable.

En el caso particular del grupo social mayoritario en República Dominicana, sería un ejercicio interesante, revelador y útil observar e identificar las respuestas defensivas de nuestras clases pobres mayoritarias, como resistencia a ser desplazadas frente a posibles agresiones de nuestras clases medias minoritarias.

Y es que, en uno u otro caso, lo mayoritario y tradicional se auto-percibe como lo absoluto, auténtico y verdadero. No se infiera simulación ni equívocos a lo general. Lo mayoritario ES por sí y se impone sin tutelajes. En su visión, lo minoritario representa lo relativo, lo sospechoso o lo no auténtico. Lo mayoritario y tradicional tiene la prerrogativa de normar, evaluar, descalificar e imponer formas en el lenguaje, la estética, los patrones y las tradiciones.

Parte de esa fuerza de la clase mayoritaria –en sociedades como la nuestra- ha quedado plasmada en una canción emblemática: “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”.

En ese sentido, el sacerdote jesuita Jorge Cela ha considerado que: “Los valores, elementos y patrones de la cultura tradicional (mayoritaria) condicionan la conducta de los segmentos poblacionales (minoritarios) inmersos en la cultura tradicional (mayoritaria)” (4). Los paréntesis son nuestros.


Clase media y soledad:

Así, en sociedades como la dominicana, la clase media permanece atrapada en la tensión creada entre el avasallante poder de lo tradicional-mayoritario y su aspiración de rupturas y transiciones hacia un desarrollo que, desde la visión tradicional, puede lucir sospechosa, descalificable, ridícula o equivocada.

No es difícil de entender que en sociedades como la nuestra, la percepción de malestar del individuo de la clase media se explica por la soledad a que le arroja la limitación numérica de sus iguales, cuya condición le priva de poseer un espacio social amplio para la interacción, para el intercambio de intereses comunes y para el ejercicio de un diálogo permanente, abierto, creativo y múltiple. Este nunca podrá disfrutar de aquellos valores, de aquel “don” gratuito e intangible propio de una clase mayoritaria a la que no pertenece ni pertenecerá. Unas veces aspira resolver su soledad con valores tangibles, y otras, quizás, en algún refugio espiritual.

Malestar y frustración por lo utópico de la obtención de aquella “gracia plural” de la que no se le inviste, la cual es dada sólo a quienes son parte del colectivo mayoritario que rige, norma y mueve a su ritmo particular la evolución de los procesos económicos, políticos y culturales de la nación que es también la suya pero que su minoritario colectivo en poco influye. Malestar soterrado por su doble condición de anónimo marginado expuesto a descalificaciones y rechazos culturales validados con el poderoso argumento de la insignificante influencia de su enano grupo clase-media.

A este individuo de clase media, sólo podría salvarle la deseada inserción a su estrato socio-económico de una parte importante de los otros, los del colectivo mayoritario-tradicional. Pero, para esos otros, ello representa un tránsito con dos formidables y complejas etapas:

1- La definitiva obtención y el pleno uso y consumo de los bienes materiales y culturales de los que siempre se les ha excluido.

2- La auténtica posibilidad de incorporarse a valores culturales y patrones de funcionamiento propios de la clase media.

Para los individuos pertenecientes a la clase pobre tradicional-mayoritaria, esa primera etapa del tránsito no le ha sido aún facilitada, y la segunda, la más difícil, le resulta más compleja que la primera.

Esa complejidad es entendible porque para una persona que ha estado perteneciendo por generaciones a su colectivo mayoritario pobre y tradicional, puede que le sea ciertamente difícil la inserción en los valores y visiones de los estratos medios. El ha estado bajo el influjo de una cultura nacional, válida y general. Se trata de un tránsito desde la seguridad de un entorno cultural conocido y heredado de los suyos hacia otro extraño y entendido como poco auténtico. El no querrá prescindir de las prerrogativas inherentes a su cultura tradicional que lo ha normado casi todo.

Adicionalmente, su propio y conocido conglomerado social mayoritario posee un cierto halo de iconográfica sacralidad que le humaniza, el cual ese individuo no podrá abandonar sin algún sentimiento de culpa.


Clases mayoritarias y estructuras tradicionales:

Es necesario comprender que esa segunda etapa del tránsito -la de incorporarse a desconocidos valores culturales- tiene válidas resistencias, y podría ser interpretado por el individuo que lo ejecuta y por los de su entorno, como renuncia o traición a antiguos valores de sus ancestros o como cuestionamiento a antiquísimas convicciones heredadas de sus mayores. Para él, y para los suyos, sería equivalente a vender sus valores culturales a cambio de bienes materiales, confort y dinero. Todo ello refleja el efecto de antiguas estructuras provenientes del pasado; de su propio pasado ancestral; de la historia de los suyos, de su cultura tradicional y mayoritaria.

Pensando históricamente podríamos atisbar que esa formidable barrera se habrá estado oponiendo con fuerza solapada e inconsciente a necesarios cambios económicos, sociales y culturales que el estado y los gobiernos tratan de implementar. La extensa experiencia histórica de nuestros conglomerados sociales mayoritarios, adicionado al vasto ejercicio de particulares redes de reciprocidad social y de vínculos primarios de solidaridad, pudieron haber sistematizado peculiares formatos de contrasociedad que se expresarían hoy en función de inconsciente rechazo a lo nuevo, a los cambios de la modernidad y al progreso.

Tal resistencia podría ser identificada como parte de esas estructuras que se han conformado en la Larga Duración de nuestra historia. Algunas de ellas podrían rastrearse en líneas de observaciones. A este respecto, el historiador dominicano Roberto Cassá, refiriéndose a nuestro campesinado de antes del gran éxodo hacia los centros urbanos, nos revela lo siguiente: “Distante de un mundo urbano en extremo pequeño, la comunidad campesina se caracterizaba por una predisposición contraria a la innovación. Los criterios vigentes no solo comportaban desconfianza sino una cerrazón consuetudinaria ante lo extraño. Esta postura se mantendría durante décadas posteriores, no obstante los avances de la urbanización y la educación formal” (5).

Por su parte, el informe de la Encuesta Demos94 (del año 1994) en su capítulo III referente a la cuestión de la modernidad, plantea que: “No obstante los cambios vertiginosos acontecidos en los últimos decenios, los valores y concepciones tradicionales persisten en la sociedad dominicana, y hay dudas de que estos cambios hayan estado acompañados de mutaciones significativas en las actitudes que norman el comportamiento” (6).

Tales fenómenos sociales confirman parte de nuestras sospechas respecto de la presencia de estructuras conformadas por valores y concepciones provenientes del pasado que aún nos influyen. Son esas sospechas las que, en parte, han dado título al presente libro.

No es difícil comprender que una persona cuyos ascendientes han pertenecido por generaciones al estrato social mayoritario no se coloca automáticamente en el grupo de la clase media sólo porque ha obtenido bienes materiales e ingresos adicionales. Para que ese tránsito sea auténtico, reiteramos, éste tendría que incorporar, además, nuevos valores culturales e inéditos patrones de funcionamiento. Probablemente a él nunca le sería posible realizarlo. Tal vez sus descendientes podrían hacer ese tránsito sin rastros de culpabilidad.

Por su lado, para el individuo de la clase media en sociedades como la nuestra, la frustración y el pesimismo eclosionan en su interior tan pronto hace conciencia –o sin ella- de la imposibilidad de concretar sus aspiraciones de ser parte de la mayoría, al menos, a mediano plazo. El reconoce que la vía posible para lograrlo es a través de la incorporación a su pequeño colectivo, de segmentos importantes de connacionales pertenecientes a la clase pobre-mayoritaria; pero percibe que, en lo temporal, no sobrevivirá a la lenta evolución de los cambios y adaptaciones de aquellos.

Para este ciudadano de la clase media en sociedades como la dominicana, el malestar persiste cuando reconoce el atasco que aún existe en la primera etapa del tránsito de aquellos a quienes espera para que integren y multipliquen el número de su pequeño colectivo medio, pues esas clases mayoritarias-pobres no han podido obtener los simples bienes materiales de la digna subsistencia, como pre-requisito de la segunda y verdaderamente difícil etapa.

Playas y quimeras:

La persona perteneciente a nuestras clases medias toma conciencia de que su soledad se prolongará sin remedio en su propio suelo, y dirige a veces la mirada hacia la quimera de otras playas en donde, a sabiendas, podría convertirse en un oscuro extranjero; o permanece en su nación a la espera de que una generación de dirigentes actúe con la visión y la celeridad que requiere su realidad y su tiempo; o tal vez espere a que ocurra algún milagro que acelere aquí esos procesos.

De igual manera, quienes pertenecen a nuestras clases pobres tradicionales dirigen también la mirada hacia la misma quimera, aunque con el definido y resuelto objetivo de la obtención de los bienes materiales siempre vedados en su tierra. Sus hijos harían la consecuente incorporación a nuevos patrones culturales, allá, preferiblemente.

Clase media y nación:

La clase media dominicana posee unas características de funcionamiento cuya seña principal es la carencia de las armas, de las herramientas y del curtimiento para subsistir en el duro y a veces violento escenario en que ha sobrevivido y sobrevive la clase mayoritaria, por cuya razón, la sola idea de caer en esa hostil arena le resulta angustiante, lo que, a la vez, es una motivación que le aferra a librar una lucha permanente para mantenerse en el ambiente por él asimilable, o para escalar, en su propia nación, si le es posible, estratos superiores que le garanticen un mayor alejamiento de aquel escenario hostil para el que no posee armas de sobrevivencia.

Esa necesidad de lucha permanente y esa angustia propia de la clase media es una condición medular, no una pose banal. De ahí su importancia en la dinámica económica de la nación.

La clase media dominicana es, en parte, el contribuyente que genera los recursos y paga la promoción de los estratos mayoritarios. Los gobiernos administran y distribuyen esos recursos. Proteger, fortalecer y multiplicar a las clases medias es garantía de esa promoción. Desafortunadamente, parece que desde la óptica de los políticos, a la clase media no se le presta la atención que merece, no porque no la necesite, sino porque poco representa.

Sin embargo, la aspiración de transformar la nación dominicana en un ente cuyas mayorías sociales pertenezcan a las clases medias sería garantía de desarrollo y progreso. Pero es una aspiración que, para dejar de ser simple falacia de campaña, se requeriría previamente entender la gramática interior sobre la que se organizan las complejidades de la pobreza.-

----------------
Notas bibliográficas:

(1) Harry Hoetink; El Pueblo Dominicano: 1850-1900. Segunda edición. UCMM, Santiago, R. D.; 1972, pp. 44 a 76.
(2) Ver: Roberto Cassá, El campesinado dominicano; Boletín del Archivo General de la Nación, año LXVII, Vol. XXX, No. 112. Santo Domingo, D. N., mayo-agosto 2005, pp. 213-261.
(3) Ramón Marrero Aristi; La posición del trabajador; Boletín del Archivo General de la Nación, año LXVII, Vol. XXX, núm. 113. Santo Domingo, D.N., sept.-dic. 2005, p. 641.
(4) Jorge Cela, “Cultura y elecciones”, en: Estudios Sociales, Año XX, número 63, Santo Domingo, enero-marzo, 1986.
(5) Roberto Cassá, Ob. Cit., p. 238
(6) Informe Final de la Encuesta Cultura Política y Democracia. (DEMOS94). Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Santo Domingo, R. D., 1996, p. 36. -


--Nota: El presente texto “Una República Colonial" está pensados solamente para la utilización del usuario individual. Reproducir o publicar estos textos en cualquier otro medio de difusión requiere el permiso expreso del autor.
Pedro S. Rodríguez R. (
inter_rep@verizon.net.do ) . Registrado en la O.N.D.A. bajo el Nº 0002123, libro 06; Santo Domingo, Rep. Dom., el 10.09.2004

--Note: This hereinbefore text “Una República Colonial” is intended solely for the use of individual users. Republication on other terms in any medium requieres the permission of the author Pedro S. Rodríguez R. (inter_rep@verizon.net.do). Registered under Nº 0002123/book 06 (O.N.D.A.) on Sept. 10th, 2004. Santo Domingo, Dominican Republic.

-----

Otros capítulos en: http://vetasdigital.blogspot.com





BloGalaxia Free Web Counter
hit Counter